domingo, 14 de febrero de 2016

Para los amantes de Cortázar: corta el azar.

Capítulo 1

Alguien más encontrará a la Maga. Salir a la calle una y otra vez, pasando por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir que su silueta delgada no estaría esperándome en el Pont des Arts, sino andando de un lado a otro, a veces detenida ante una breve conversación o inclinada para mostrar su escote, con ese coqueteo sin vergüenza de ponerse en poses inadecuadas pretendiendo ignorar el efecto que tiene sobre su espectador. Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, hacerme a la idea de que si permanezco rezando y haciéndome ideas en la cabeza por arte de magia se van a cumplir. La he abarcado con mi pensamiento, pienso. Hasta el punto en que su voluntad y su pensamiento me pertenecen. Tengo el poder de anticipar por dónde saltará la liebre. La gente que se da citas precisas es la misma que necesita adherirse a mi autismo, que me aprieta a creer que aquello que está del otro lado del puente también soy yo.

Pero precisamente porque ella estaría ahora en el puente, con su cara de translúcida piel asomándose a viejos portales en el ghetto de Marais, yo no me presentaría. Quizá optaría por imaginar un diálogo con una vendedora de papas fritas mientras como una salchicha caliente en el boulevard de Sebastopol y sufro sin parar por mi absoluta incapacidad de acercarme a la Maga, quien de todas maneras, suba el puente o no, me rechazaría por inadecuado. A pesar de que la Maga estaba en mi camino, y aunque pudiera imaginar eternos diálogos con ella, seguirla como un falso reptil por todo París, escondiéndome detrás de cada tarjeta postal Braque o Ghirlandaio o Max Ernst contra las molduras baratas y los papeles chillones, aún así no me le acercaría jamás.

Preferiría no hacerlo. Preferiría sentarme en la terraza de un café a escribir una historia que nadie leerá jamás, entrar en un cine-club para vivir la vida de los personajes como la propia, evadir mi vida y mi voluntad, o agacharme junto a un gato en cualquier patio del barrio latino, sentir que él, como yo, no puede hablar. Andaba buscándola pero sabiendo que andaba para fantasearla. Oh Maga, en cada mujer parecida a vos se agolpaba como un silencio ensordecedor, una pausa de una densa epistaxis que acababa por derrumbarme mi castillo en las nubes, tristemente, como un paraguas mojado que se cierra. Justamente un paraguas, Maga, deliro que te acuerdas quizá de aquel paraguas viejo que jamás conociste y que yo sacrifiqué en tu nombre en un barranco del Parc Montsouris, un atardecer helado en marzo. Un día después de que te vi besándote con Gregorovious, doble mío capaz de llegar del punto A al punto B pasando, como puerco, por todas las catástrofes indomables entre los dos puntos. Lo tiré porque lo había encontrado en el momento exacto en que te vi salir del edificio donde vivías, ya un poco roto, y lo usé muchísimo, sobre todo porque lo conecté a ti y al momento mágico en que lo encontré. A veces pienso en mí, cuando veo los pájaros o cuando encuentro dos moscas volando sin tocarse nunca, y aquella tarde cayó un chaparrón y quise abrir el paraguas orgulloso cuando te vi entrar en los brazos de Gregorovious, y en su mano se armó una fiesta de nalgadas y besos y sonrisas, de telas y fricciones recibiendo el calor entre destellos de deseos encajados, y se reían como locos de mí mientras me empapaba de agua y tú de otra cosa, no pensando en mí porque era tan digno de ser pensado como cualquier cosa que nunca hubiera pasado por tu cabeza nunca, ese ciclo innoble de lo desconocido y el quemeimportismo o del cordón de la vereda; entonces yo lo arrollé lo mejor posible, lo llevé hasta lo alto del parque, cerca del puentecito sobre el ferrocarril, y desde allá lo tiré con todas mis fuerzas al fondo de la barranca de césped mojado porque estaba enojado mientras vos proferías un grito de satisfacción donde vagamente creí reconocer un chiste que te hizo gracia y que yo jamás podré contar. Y en el fondo del barranco se hundió como un barco que sucumbe al agua verde y procelosa, a la mer qui es plus félonesse en été qu´en hiver, a la ola pérfida, Maga, según enumeraciones que detallé largo rato en mi historia falsa de café parisino, enamorado de la envidia y del parque, abrazado a mi recelo y semejante a una planta que quiere ser piedra que quiere ser concreto. Y quedó entre el pasto, mínimo y negro, como un insecto pisoteado. Y no se movió, ninguno de sus resortes se estiraba como antes. Terminado. Se acabó. Oh Maga, y me gustaba lacerarme.

miércoles, 3 de febrero de 2016

Cinco señales que anuncian: Estás en una Ciudad Tóxica.

“Confía en tu propio instinto. 
Que tus errores sean mejor tuyos, 
en lugar de alguien más.” ~Billy Wilder



Conforme siga transcurriendo el tiempo en acorde con las agendas, actividades y resultados que un mundo sobrepoblado exige, algunas ciudades se verán objeto de abusos. Mientras que algunas ciudades gozarán de limpieza, salud y orden; otras entrarán, a pesar suyo, en la contaminación, la enfermedad, el desorden y la ignorancia.

He visitado distintas ciudades en el mundo, y he sentido los efectos de lo que pienso que es tóxico. ¿Será justo decir que todos sabemos notar la diferencia? Mi premisa es que quienes habitan las ciudades tóxicas han sentido los efectos de la contaminación, del ruido, de la violencia, del desorden, de la antipatía, de la condescendencia, de la inacción; sin embargo no todos son capaces de enfrentarse a una cosmovisión colectiva, emitir un juicio claro y mucho menos responder de manera responsable. Muchas de las veces, pasar un problema de largo es solucionarlo. En los casos de las ciudades tóxicas, mientras que el colectivo humano o sociedad entera deja pasar todos los problemas por desidia, falta de fuerza, falta de interés, o quizá por depresión o ganas de que todo toque fondo, el problema se va agraviando, la ciudad se vuelve cada vez más tóxica.

En las diferentes ciudades en las que he estado, mi ánimo ha sido distinto en cada una de ellas. Y ha habido ciudades que me han exaltado, motivado, desperado intereses latentes, hacerme sentir vivo. Hay otras ciudades que más bien me han debilitado y dado un sentimiento de enfermedad y desagrado. Como si de pronto el mero hecho de estar en ella fuera una decisión contraproducente para mi existencia, sabiendo que la geografía y la atmósfera y la flora y fauna actúan negativamente sobre mi espíritu, mi salud mental y mi salud física.

Hay ciudades en las que me he sentido mucho menos que mí mismo, donde siento que la totalidad de mi mismo se ve reducida a una mísera parte. Hubo momentos en que sentí que estaba comprometiendo los objetivos de mi vida con cada segundo que permanecía en alguna de esas ciudades.

Llamo a estas ciudades tóxicas porque mi Ser Auténtico se deterioraba hasta el punto en que yo ya no me reconocía a mí mismo. Y me negaba lo que era natural para mi intelecto, mi salud, mis facultades.

La etiqueta "tóxico" significa algo que quita vida y energía. Antes de que me diera cuenta, me sentía débil y frágil, sujeto a una ciudad a la cual le había dado mi poder.

Yo era culpable de ello. Permanecer en esas ciudades demasiado tiempo en el esfuerzo de hacer lo que supuestamente es correcto y aceptado por los estándares sociales -que varían de acuerdo a las ciudades y en las ciudades tóxicas son muy pobres esos estándares-, es decir, luchando por permanecer en una ciudad en lugar de "darse por vencido" o "darla por perdida".

Poco sabía de que mi deseo por agradar en esas ciudades tóxicas y ser aceptado en ellas estaba sofocando todo aquello que era lo adecuado para mí.

¿Por qué debía sacrificar mi felicidad por una sociedad que creía estar en lo correcto? Estaba viviendo atorado en una autocrítica y en el miedo, y a la sociedad sólo le importaba en la medida en que supieran que si el barco se iba a hundir, por lo menos nos hundiríamos juntos.

Mientras que algunas ciudades difíciles pueden abrir nuestros ojos a nuevas perspectivas y expandir nuestros horizontes mentales, algunas, obviamente, nos encierran y bloquean nuestro desarrollo. Nuestra intuición nos alertará si es de un modo u otro. Nos dice: el cambio y el crecimiento deben sentirse bien.

Es importante saber cuándo es que estás en una ciudad tóxica para que puedas elegir algo mejor para ti mismo.

Cuando estuve en ciudades tóxicas, ignoraba mi intuición para darle la razón a mi mente lógica, que me decía que perder esa ciudad era peor que estar en ella. 

Sin embargo, nuestra intuición sabe más que eso; no es como nuestra mente, la intuición busca nuestra felicidad.

"Tóxico" no sólo significa obvio daño a la salud física, también representa los resultados psicológicos de permanecer en una ciudad tóxica. Quisiera compartir cómo aprendí a reconocer cuándo es que estaba en una ciudad que no era la adecuada para mí:

Hay cinco señales que te dicen que estás en una Ciudad Tóxica:

1. Parece que no puedes arreglar nada.
La sociedad entera no apoya y por más ideas que se generen en cuanto a la búsqueda de arreglarla, no se llega a ningún acuerdo. En general, las personas prefieren juzgarte a forjar un grupo que tienda hacia la solución de problemas a largo plazo. Los habitantes te atacan como glóbulos blancos cuando inicias un diálogo sobre lo que piensas que no está bien, y buscan por todos los medios retóricos bajarte a su nivel de pensamiento para que te sientas cómodo y puedas disfrutar de la basura con ellos.

2. Todo es como es; y tú no importas.
Las cosas son como son y nadie las puede cambiar. Ese es el esquema mental que llena el aire. La razón, la lógica y la sensatez en general no existen. Sólo existe algo que se le parece al "Aquí sólo mis chicarrones truenan." Si el promedio de la gente está mal y tú estás un poco "más bien", entonces no tienes derecho a quejarte, ni a decir nada. Las cosas son como son; y lo que tú puedas sentir no será escuchado. No hay una conversación de dos lados, y ninguna iniciativa será tratada con respeto ni considerada siquiera. En lugar de reconocer tus sentimientos, lucharán contigo hasta que tengan la última palabra.

3. Te sientes constantemente asediado por lo que acontece en la ciudad.
Cada día trae un nuevo problema. Es decir poco un nuevo problema. Salir a la calle, manejar, andar en bicicleta y bajo casi cualquier circunstancia se toparán con efectos negativos resultado de la cultura en general de la ciudad, su organización, geografía y demás elementos que se adhieren a su concepto. Su esfuerzo por controlar tu comportamiento es un intento por controlar tu felicidad.

4. Te sientes incómodo estando en ella.
Respiras el aire y sientes que te raspa la garganta, tomas un taxi y no te respeta el conductor, andas por la calle y te sientes inseguro, no sientes que puedes pedirle a alguien un abrazo, no te sientes con la libertad de expresar tus sentimientos. En términos generales tienes que ponerte una máscara sólo para ser aceptado por esa ciudad. Te das cuenta que ya ni siquiera te reconoces a ti mismo, y tampoco a tus amigos cercanos ni familiares.

5. No tienes permitido crecer ni cambiar.
Cada vez que te pones como objetivo crecer y desarrollarte, la ciudad responde con mofa, cábula, insultos, miradas e incredulidad. Nada en la ciudad te estimula o da apoyo a tus esfuerzos. En cambio, te mantiene atorado en los prejuicios viejos, insistiendo que nunca va nada a ser diferente de lo que es ahora.

Si estás experimentando siquiera una de estas señales, mira hacia adentro de ti mismo y considera si la ciudad te está haciendo más mal que bien. Evalúa la ciudad y lo que tiene valor para ti.

Aprehende las respuestas que lleguen a ti desde la intuición, ya que quiere lo mejor para ti -y esa ciudad quizá no sea para ti.

Toma acción deliberadamente de acuerdo a tu sensación visceral. No te arrepentirás.

Quizá tomes la decisión de hablar sobre tus sentimientos con otra persona, o quizá decidas poner distancia entre tú y esa ciudad. Lo importante es no hacerse loco.

Es importante que si te sientes incómodo o inestable en esa ciudad que no esperes a que los efectos de la miseria se transformen en una depresión. Tomar acción es la mejor medicina.

Ahora es tu turno: Sin dar nombres, ¿te encuentras en una ciudad tóxica? ¿Has dejado una ciudad tóxica y quieres compartir la decisión que cambió tu vida? ¿O tienes miedo de dejar esa ciudad tóxica por miedo a las repercusiones? Deja tu comentario y comparte tu experiencia.

Nota del editor: Si te encuentras en una ciudad que abusa de ti, busca ayuda. No esperes.

O.

-sabiduría simple para vidas complejas-