He vivido toda mi vida en Chivay. Es pequeño y está rodeado de montañas secas que ni polvo levantan, son rocas todas arenosas que no se han movido en siglos pero pronto serán otra cosa, hoteles de lujo u otra tontería. Le quieren decir a veces la ciudad de las montañas, de mí no va a salir eso de la boca porque esto no es una ciudad. Aunque tampoco sabría decir con exactitud qué es ni sé tampoco si me interesa descifrarlo con esta lengua que carga otras ideas en sus entrañas. De ser otro el modelo, diferente el objetivo, más pacífica, estructurada y cíclica la vida, quizá pudiera detenerme a pensarlo; pero no sé, quizá en ello también haya alguna trampa que no alcanzo a ver. Sin embargo, quiero pasar a otra cosa, a que hay varias cadenas de hoteles que han hecho un esfuerzo descomunal por traer su lujo hasta estos tres mil seiscientos metros de altura. Se pudiera llegar en avioneta, pero lo más barato y común a pesar de todo es el viaje en camión o tour privado. Más que nadie vienen viejos adinerados de todas partes del mundo a ver volar a los Cóndor sobre el Cañón del Colca. Llegan por la tarde y los instalan en estos lugares que alteran el orden. El procedimiento por el cual se les saca el dinero es el mismo todos los días. Hay otras maneras más complejas para ganarse la vida, me refiero a que toman más tiempo y conocimiento, como sembrar y quizá incluirle eso de ir al mercado a vender lo que sobra; mas ya se sabe que de cien viejos que llegan a Chivay por lo menos cuarenta van a traer un ligero mareo y cinco no van a tolerar el nivel de oxígeno de esta altitud. Si no se los atiende es fácil que caigan en espiral hacia el mal de altura, peligroso en ellos por la edad. Tengo conocidos que sólo se dedican a traer tanques de oxígeno para acá. Y seguramente haya conocidos de otros conocidos que los mandan de otro país al nuestro. Otros que los fabrican, etcétera. Los hoteles, con tal de ahorrarse algo en el flete, le pasan el trabajo a quien los transporte más barato. Es sólo un ejemplo, en cada lugar siempre aparecen distintas necesidades y distintas mañas para cubrirlas. Son pocos los pobladores de Chivay que quieren adherirse en serio a ese gañán modo de vivir; pero los que sí, hacen el esfuerzo y oscilan entre las costumbres de su pueblo y los caprichos extranjeros. No les interesa salir como esos viejos, cuando hayan ahorrado lo suficiente, a pasear por otros países y conocer. Ojalá terminara ese dinero focalizado hacia algo menos tonto, sus ambiciones son mucho más estrechas. Habitualmente se van a cualquier pueblo y lo gastan en alcohol y mujeres que terminan por dejarlos solos en la barra de cualquier bar al volverse el foco de atención de cualquier turista bonito con un poco más de plata en la bolsa. Ellos están de paso y hay que aprovecharlos. Los otros idiotas volverán. No saben salir de su propia estupidez. Así que por las mañanas se monta a los turistas en distintas camionetas que llegan a un estacionamiento al borde del Cañón por la orilla del mismo, al lugar de siempre, donde ya se sabe que las aves saldrán a por lo menos estirar sus alas del infinito letargo de yacer escondidas en una cueva cuidando a sus crías. Ellas mismas intentan protegerse, no tienen contemplado el morir. Otras cosas los matan, ya lo sabemos. Además de las manchas blancas en las alas de los machos y de su imponente presencia aérea, se distinguen de otras aves por muchos más motivos como la altura a la que vuelan; aunque el más reciente e imporante es el peligro, por su alarmante número de sobrevivientes, de su extinción. Acaso sea esa amenaza contra la desaparición que son de interés para los viejos; aunque también vienen jóvenes, muy entusiasmados con cámaras fotográficas e intentan rescatarlos en cincuenta fotografías y tres videos a la vez. Se enorgullecen al pensar que las futuras generaciones tendrán un respaldo visible de lo que fueron, porque para ellos quizá es obvio que no pueden hacer nada para remediarlo. Para qué decir cuánto son molestia todos, no alteran nada. Seguirán viniendo de todas formas. Si acaso el dinero no manda, seduce. Y si no cae uno en sus garras cae otro. Así funciona el dinero aquí y en todas partes, como las mujeres caprichosas, siempre hay alguien creyendo poder manejarlas en grandes manojos y administrarlas de acuerdo a su deseo. Es ese abuso mutuo que se va infiltrando en todas partes, quebrando el conocimiento ancestral en datos curiosos que aparecen como nota al pie de página de los libros de turismo. Así no se pasa el conocimiento. La ideología que se transfiere así es la de que todo lo que está en esos libros es lejano, misterioso e inaccessible. Sólo a ellos(los lejanos) les concierne, terminan pensando, volviendo a sus habitaciones enchilados todavía de un ardor que no saben manejar. Somos nosotros mismos otros Cóndor realizando hazañas y malabares como en un circo. Como las aves nos protegemos en nuestras casas y no sabemos cuánto está en juego. Solíamos poder comprar quinoa barata. Es nuestro alimento. Algún tonto cayó porque los precios ahora están por las nubes y estamos a base de arroz y frijoles. Ya no somos dignos de la quinoa porque no podemos pagarla. Nosotros mismos la sembramos y ya no somos dignos de ella. Ya viene otro a prometernos una solución. Queda pendiente la narración de las familias más importantes de Chivay, ese poder se está transfiriendo y tengo que empezar la investigación de las biografías de los recién llegados, los que traen las buenas ideas, los que nos están salvando de nosotros mismos.
O.G.C.
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