martes, 8 de abril de 2014

Manchas: oscuros sueños de nada

Recuerdo de algún modo, sin memoria física, los días calurosos que me fueron formando mientras colgaba pequeñito de una rama que me alimentó despreocupada. El viento me mecía y a veces me meneaba de arriba a abajo cuando unas figuras chocaban contra el delgado árbol de donde provengo. Vi dos veces la luna llena, pasé por tres tormentas eléctricas, el sol me dio este color rojo y luego no volví a ver nunca más el cielo. Apenas cinco tronquitos flexibles un poco más largos que yo apretaron de mí y los ciclos cambiaron a unos movimientos que a veces eran violentos y otras veces nulo. Un ligero andar, casi como el del viento pero más armonioso, me paseó por un tiempo entre familiares con quienes nunca pude hablar por cuán apretados estuvimos los unos de los otros. Se extrañaba esa natural distancia impuesta por la disposición de una matemática misteriosa que emerge quizá de la imposibilidad de otra cosa. Los reconocí porque sentí sus pieles y eran suaves y resbalosas como la mía. Todo se detuvo de pronto. El traqueteo que vino después no cesó durante días, fui asfixiándome lentamente hasta que las vibraciones de afuera me obligaban a respirar sin que yo quisiera. Estaba en un hospital de frutas y verduras, dentro de un poliedro cuya temperatura impedía mi decadencia. Fui cayendo en otro estado de consciencia, en una extraña hipnosis en la cual perdí para siempre la voluntad. No fue trágico, era ya lo único a lo que podía aspirar. Era eso o verme enmohecer hasta la oscura deformación absoluta. Me sentí estallar entre otros jugos y una textura porosa que tallaba mi doliente carne viva. La agonía duro todavía un rato más. El chasquido fue lo último que supe. Algo contranatura supo de mí, me narró y él me destruyó algo más valioso que la voluntad, enmascaró para siempre mi existencia.
O.G.C.

No hay comentarios.: