domingo, 13 de abril de 2014

El cuento completo

Los vi llegar por la pantalla. El paciente de las dos seguía hablándome de su esposa, de sus dos hijas y lo difícil que era para él dejarlas ser. De reojo los vi llegar y la anticipación del problema se fue tejiendo solita. Le contestaba, con un dulce en la boca, a Ernesto, que no era lo más adecuado intervenir con las niñas. Si quieren salir, van a salir; usted, señor, no las va a detener. En el fondo no me importa. Mientras él siga viniendo, mientras me siga recomendando, mientras siga con problemas y mientras siga confiando en mí. Mientras me necesiten y yo pueda pagar mis recibos, mi renta, darle una mensualidad a mi esposa, a mi amante, y apoyar a mi hijo. Mientras eso esté en un equilibrio yo no soy el neurótico. Los neuróticos vienen a mí. Yo debo sonreír y comerme otro dulce, echarles porras, moverme con cautela. No hablar de más; escuchar de más. Preguntar y si sé acaso cómo, guiar. Tampoco todo es tan malo. De no haber uno o dos buenos resultados de nada sirve; pero es mejor que no sepan, es mejor así como son las cosas. Que sigan creyendo que es una indiscreción hablar de sus problemas. Así permanece el secreto y nadie revela nada y sigo pagando mi casa, mi auto, mi gasolina. Hubo días alarmantes, que me preguntaba dónde están los pacientes; y ahora tengo que administrar bien el tiempo. Los vi llegar por la pantalla e imaginé que sería lo mismo de siempre, venían peleados. El hijo la golpeó; ella le dijo lo indecible. Ellos no eran de los que sabían de mis cámaras escondidas. Ernesto ya tiene mucho tiempo viniendo, lo he visto fuera del consultorio. Aquellos dos son cartas impredecibles. Despedí a Ernesto y les di la bienvenida. 
-Doctor, Felipe acaba de salir de una rehabilitación por volverse farmacodependiente. -dijo muy concretamente la señora, sin titubeos; no imaginaba que pudieran tener iniciativa de realizar algo distinto a mis instrucciones o que no me consultaran de antemano. Me traicionaron.
-¿A qué era dependiente? -no había otra pregunta posible.
-A lo que usted me dio. A lo que ustedes dos me obligaron a tomar. -dijo con calma y mi ritmo cardiáco se aceleró. Alargué el brazo, apreté un dulce entre mis dedos y lo empujé del empaque crujiente a mi boca.
-¿Por qué no esperaron mis instrucciones? Tenía contemplado quitarte ese medicamento, Felipe; pero tú no estabas preparado. Todavía estabas con la depresión.
-¿Después de nueve años? ¿Qué depresión se prolonga nueve años? Ustedes dos han sido unos irresponsables para conmigo; sí, necesitaba ayuda, pero ustedes me dieron la ayuda equivocada deliberadamente. 
-Yo no entendía eso, Doctor; pero en el centro de rehabilitación le dieron la razón a Felipe. Estaba cegada a su palabra. Felipe ha sufrido demasiado, todavía va a tener que seguir raspando pastillas durante meses, quizá años, para poder liberarse sin síndrome de abstinencia de ellas. 
-Es que esto me suena más a reclamo que a consulta. Cuando Felipe vino aquí, ustedes lo saben, no se levantaba ni de la silla, lo trajeron casi a rastras. ¿Que iba a hacer? ¿Dejarlo que siguiera así? La solución inmediata era darle esos medicamentos, empujarlo a que saliera adelante. -les dije convencido de mis palabras; pero sabiendo en el fondo que a la edad que Felipe llegó no debí haberle dado esos medicamentos. A los 16 años el cerebro no está listo para recibir ese tipo de químicos, remoldea la estructura química de los procesos neuronales. En fin, que este muchacho debe tener el cerebro más deformado por sustancias externas de lo que nadie puede llegar nunca a saber, es un experimento vivo; sin el experimento vivo de unos, no se puede luego saber cómo sanar a otros. 
-Estamos muy conscientes de cómo llegó Felipe aquí; pero el único que pudo habernos dicho que a Felipe le correspondía sufrir lo que estaba sufriendo y no darle medicamentos que lo transformaran en un extraterrestre fue usted. La responsabilidad era suya, Doctor; y usted decidió sacrificarlo por un bien superior que hubiera servido si acaso por lo menos llevara una bitácora o un estudio elaborado de Felipe; pero usted no es Freud ni lleva una bitácora ni un diario nisiquiera un expediente.
-A ver, esto se está saliendo de control. No se puede volver al pasado. -algo tengo que hacer para calmar a estas personas, no puedo darles terreno a que sigan porque pueden empezar un efecto dominó y mis recibos tienen que seguirse pagado.- Pienso que no es el momento adecuado para estar discutiendo esto y que las variables a considerar son demasiadas, no sólo el de la responsabilidad de una u otra persona. ¿Por qué Felipe aceptó tomarse las pastillas? 
-Porque confié en usted. Ciegamente confié en que usted vería por mi bien en un momento difícil para mí, un momento en el cual me era imposible ver por mí mismo y esta señora que tiene aquí al lado no estaba preparada para enfrentarse conmigo como problema. -Felipe habló con una seguridad que nunca le había escuchado. Si volvía a tomar un dulce verían lo nervioso que me están poniendo. Ya estoy imaginando que la mamá trae una pistola en el bolso y vienen a matarme, no puede ser otra cosa. O Felipe no tarda en levantarse contra mí para golpearme. Sonó el teléfono y lo tomé. Vi en la pantalla el número y tuve que simular una llamada importante frente a ellos, una emergencia. La única salida era ir hacia la salida por mis propios pies. Durante una emergencia, en un edificio, está señalada la salida de emergencia; en estos casos, la anticipación es el mejor aliado, los señalamientos precisos contra la violencia. 
-Discúlpenme, tengo que salir inmediatamente del consultorio. -dije esto sin voltear a verlos, caminando hacia la puerta y girando la perilla listo para despedirlos. Al levantar la mirada se le escurría a Felipe la cara como si fuera un plástico quemado. Los ojos de la señora estaban flotando como los de un cangrejo, saliéndose por unos tubos de la cara. Parpadeé y giré la cabeza varias veces. No desaparecía la alucinación. No despertaba de la pesadilla. El teléfono sonó de nuevo y contesté. Me era imposible hablar. Quería decir hola y balbuceaba sin sentidos. Les pedí ayuda a Felipe y a su madre tirándome al sueño, hincado, pidiendo perdón en mis sinsentidos y con todos los colores de todas las cosas desprendiéndose y girando sin parar en torno mío. ¡Ayuda! ¡Ayuda! Se abrió un hoyo en el suelo del consultorio. Lo último que alcancé a esuchar fue como si le hubieran tirado a una taza de baño. Todos mis libros, mis muebles, mis dulces, mis alfombras se fueron por el resumidero con sus colores y yo me ahogué en su pintura. Quedó sólo mi ojo tras la tela del cuadro. No podía ya moverme. No podía ya parpadear. Era una mirada y un ojo acromático al cual una chica le daba pinceladas. Con cada pincelada veía más borroso. A los tres días dejé de ver a la chica, sólo veía manchas ir y venir y no sé dónde estoy colgado.
O.G.C.

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