miércoles, 9 de abril de 2014

Una meditación consecuente

Meneándome así sobre la cama no llegué a dormirme hasta después de levantarme tres veces a orinar, sentarme en el sillón a leer y darle vueltas al mismo asunto. Siete meses sumándole otros dos ya debiera estar pariendo mi mujer. Voy le agarro la panza y no se mueve nada, en ningún momento hemos sentido movimiento o pataleos. Nos hemos preguntado con seriedad, preocupados, si acaso no estará la criatura en coma. Puede ser que simplemente sea tranquilito o se den estas cosas. Conocemos en verdad muy poco. Nuestra pequeña esfera de amistades no va más allá de los conocidos en la escuela, algunos conocidos de nuestros padres, contar algún otro sería empezar la fantasía. Eso hemos escuchado, que los bebés patalean o dan un golpecito, se mueven, algo pasa. El nuestro no ha hecho nada. No es motivo para desilusionarse, quiero pensar. Pero, ¿por qué no patalea el mentado niño? No puede estar muerto, eso la pondría grave. Además ha seguido creciendo y un muerto no se pone a crecer así porque sí en el vientre de su madre. -¿Sientes algún tipo de dolor?- le preguntaba e invariablemente la respuesta era no. No siento nada, decía. Diez meses y el médico sugirió sacarlo a como diera lugar. Eso no es natural, no podíamos hacerlo. Si quería seguir ahí dentro, quién eramos nosotros para hacer nada. Nos dijo que ya era peligroso pero llegaron los once meses y se le formó un segundo ombligo a mi mujer en la piel, a unos centímetros del suyo. Al año no podía salir ya de cama, se le había puesto como piedra todo. No sufría. Estoy aburrida de estar embarazada, decía, ya quiero empezar a cuidar al niño. Calma, le contestaba, ya vendrá. A los dos años mi mujer dejó de hablar y todavía no paría al niño. Contraté a una enfermera para que la cuidara cuando iba al trabajo, que le ayudara a hacer sus necesidades y la limpiara. El cuarto ya olía muy mal y le dije que ella tenía que entender por qué ahora dormiría en otra habitación. La enfermera me preguntaba si por la noche también la necesitaba. No, oiga, váyase a su casa porque la señora y yo tenemos que dormir. Mas la señora ya no sabía si era señora o no porque ya tenía la mirada perdida. Nunca vi a una mujer tan aburrida como a ella que estuvo tanto tiempo acostada y embarazada. Vino su madre. Estuvo largo rato de rodillas en la cama dizque rezando, yo la vi llorar todo el rato. La enfermera intentó calmarla, le tomó la presión arterial porque de los sollozos se andaba ahogando. Le pasó un folleto a la vieja, le dijo que lo había encontrado bajo la almohada, que era un volante con una oración muy extraña firmada por el Dr. Aira. Su hija está en suspenso, señora, escuché que le dijo. Ella está provocando esto solita, ahí lo explica todo el Dr. Aira. No quiere hacerse responsable del niño, y tampoco le interesa tener una familia. No comprende por qué se casó ni ha terminado de entender los protocolos que se siguieron. El Dr. Aira lo explica todo, dice: repita estas palabras si quiere suspender su vida en un momento determinado para tener tiempo y comprender por qué hizo lo que hizo. Las palabras es mejor no anotarlas aquí, el folleto estaba escrito a mano y espero que sea la única copia. La explicación se prolongaba mucho más y el tipo de letra con que estaba escrito era la de mi mujer. Ella seguramente lo escribió e inventó el nombre del Dr. Aira. Pero, ¿cómo iban a estar funcionando esas palabras? Dejé de decirlas y vi de pronto a un niño de unos cinco años estirándome el párpado derecho. Cinco años en el sillón y yo sin poder dormir, había suspendido mi vida para evitarme la escena. La enfermera no se sorprendió. Se puso a explicármelo todo. No se mueva, señor, lo recibe ya el Dr. Aira. Miré hacia el suelo. Había un gusano estirándose y contrayéndose, avanzando lento a quién sabe donde. Las palabras cambiaron, me gritó desde la otra habitación el Dr. Aira, por eso no se ha suspendido de nuevo. Tuve que mover los filamentos del universo para salvarlo, no sé de dónde sacó su mujer mi volante secreto; pero le advierto que mis secretos no serán revelados. Hace cuarenta años que cuidamos del Dr. Aira. Es divertidísimo, a lo mejor no se dio cuenta, pero cuando le ponemos una pluma en la mano se pone a garabatear inmediatamente. Ya nos escribió cincuenta volúmenes de secretos, los hemos estado publicando pero ninguno funciona. Ya no sabemos qué está pasando. Joaquín los ha leído todos, dice que faltan hojas, que los momentos en que no le pusimos la pluma en la mano eran los fundamentales, que ya lo había contemplado así, nos sabía irresponsables.

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