jueves, 10 de abril de 2014

Oasis

Ellos piensan que nosotros no estamos enterados. A veces es graciosamente triste verlos hablar sobre nosotros de una manera tan repetitiva. Es increíble cómo nos encasillan de manera continua bajo el mismo esquema racional, imponiéndonos un velo ridículo al punto de hallarnos del otro lado de la frontera. Más allá de lo que ellos consideran una persona. Así nos ganamos la vida, en cierta medida su rechazo se comprende; por cada cien rechazos, uno o dos van a dar una positiva. Mi padre no accedió a trabajar como su hermano en el desierto que circunda las pirámides de Guiza. Sigue con un trabajo más rudimentario, menos ambicioso y sólo nos mira desde una sonrisa de simpatía. Youssef, mi tío, pasa temprano por entre las sucias y húmedas paredes amarillas de los edificios en que vivimos para venir a buscarme. Hamid, buenos días, me dice y salimos al protocolo diario de ser humillados para sobrevivir. Si no nos humilla la naturaleza de algún modo, ya vendrán a hacerlo nuestros condiscípulos. Más todavía los extranjeros, que piensan sólo en tomarse una fotografía con las pirámides. Qué les vamos a importar nosotros, somos un obstáculo para su fotografía. Nos miran cuando estamos ocupados diciéndole a los demás lo único que sabemos decir en inglés: one dollar. Con ese dólar nosotros ya tenemos para comer por el día; pero hay que seguir insistiendo. La policía es una lata, piensa que somos rateros o que vamos a provocar algún incidente. A pesar del odio interno hacia los turistas, en cierta medida hemos aprendido a respetarlos por ser nuestra fuente de ingresos. Uno termina por fantasear con la vida que pudiera vivir lejos de este infinito sol, de esta infinita arena, de estos infinitos bloques dispuestos a manera de lo que ellos llaman pirámide. Es inútil, no los vamos a sacar del nombre pirámide. Esta es la pirámide de Keops, les dicen los guías, y ellos asienten ante la colosal maravilla de sentirse parte de la raza que las construyó. Se sienten contentísimos por pertenecer a la descendencia de los seres que contemplaron y ejecutaron la construcción; he ahí lo extraño, ¿qué emprenden ellos? En una de mis fantasías de ser el turista y no Hamid una vez me topé con algo que me dejó un tanto cuanto pasmado. Yo también colecciono fotografías; pero no de la pirámide, sino de la gente que viene a visitarla y que, por un dólar, se toma una fotografía conmigo. El atractivo para ellos es llevarse el recuerdo en imagen, porque en la memoria no lo llevarán, de estar junto a un niño y a veces también mi tío vestidos con un turbante y la bata emblemática. Les doy mi correo electrónico para que si se acuerdan me envíen la fotografía, yo no tengo dinero para una cámara digital; pero voy a imprimirlas al café y tengo mi álbum. Para eso me sirven los dólares extra que no le doy a mi madre. En eso consiste mi tiempo libre, en soñar despierto con la vida de con quien me saqué una fotografía como adorno. Fue precisamente con la fotografía de un viejo que no me pagó que la fantasía llegó a su más extraña faceta. El protocolo consiste solamente en estarles diciendo one dollar todo el tiempo, en muchos casos no saben ni por qué pedimos one dollar; eso es lo de menos, ellos deciden por qué nos lo dan. Y deciden tomarse una fotografía o que les digamos dónde está alguna cosa e incluso a veces sólo nos lo regalan. Los hemos escuchado, se burlan de nuestro repetitivo one dollar. Es comprensible, somos cientos de personas con el mismo protocolo. En una serie de papelitos que traigo en el bolsillo está mi correo electrónico anotado, y se los doy si los noto alegres. En el caso de Domingo Ferrett no fue así. Sé que se llama Domingo Ferret porque así decía en el correo desde donde me envió la fotografía. No había nada especial en él, lo especial apareció cuando imaginé ser él. Cuando intenté llevar a cabo su vida. Este señor rompió mi protocolo de una manera irrespetuosa. Iba con su esposa, creo, y ella traía la cámara. Todo estaba planeado de antemano porque yo estaba tranquilito y en una nada ya estaba en sus brazos y el flash me cegó y me bajé enojado diciéndole one dollar, mirándolo con el ceño fruncido mientras se carcajeaba e iba caminando con su esposa alejándose de mí como si fuera una rata. Él me había robado. Se llevó mi trabajo sin pagarme. No era la primera vez que ocurría, no hay que darle seguimiento a estas cosas, la policía ya se sabe. Lo seguí corriendo alterando el one dollar por no dollar. No dollar, no dollar, le iba gritando. Y se giró y clavó su mirada en mi cara manchada con mugre y mocos secos. Le alargué sonriendo el papelito con mi correo electrónico. Se lo metió en el bolsillo sin decir nada, con un gesto indiferente. Me dio una palmada en el hombro y se giró dándome la espalda. Ahí parecía haber terminado la cosa; de pronto sacó el papel y me lo regresó diciendo one dollar, one dollar, one dollar. Imitándonos a todos nosotros y comprendí que quería un dólar a cambio de enviarme la fotografía. No todos se acuerdan de enviármela, así que cabizbajo hurguée en mi bolsillo y me fijé que nadie me estuviera viendo porque sería romper con todo y le di un dólar y sonrió. Regresé triste a mi puesto y decía one dollar sin entusiasmo. Me llegué a preguntar qué demonios estaba haciendo ahí y no con mi padre en el sembradío. Domingo Ferrett sabía conseguir lo que quería y además que le pagaran por conseguirlo. Por lo menos así fue el caso conmigo y esa fue la enseñanza que me dejó su actitud. No lidia con el rechazo, Domingo Ferrett funciona de otra manera. Me imaginé en otra ciudad robándoles el dinero a las demás personas y luego huyendo sin decir nada. Es evidente que me pensarían un ladrón; mas bajo la dinámica de Domingo Ferret lo que procede es esperarlos a que lleguen porque saben que yo tengo el dinero. Ya sólo es cuestión de esperar a que digan qué quieren. Me pudieran dar de golpes; pero no creo que haya alguien lo suficientemente estúpido como para enfrentarse a golpes con Domingo Ferrett. Es una bestia. Te regreso tu dinero, me imaginaba diciéndoles, si me dices de quién puedo sacar más. Y en mi imaginación tenía todo el sentido del mundo que me dijeran: Pascual es rico, anda y róbale a él, vive en la calle Asturias 176. Luego les sonreía y no les daba su dinero. Había que ir a verificar la existencia de Pascual. Entonces ya nunca me hallarían. Igual que yo nunca hallé a Domingo Ferret. Su fantasía sería distinta. La provocaría algo distinto a un álbum de anhelo, sino un recuerdo amargo como el que me dejó Domingo Ferrett, nombre que le inventé al señor a quien no me atreví a seguir y quien nunca me mandaría por correo electrónico la fotografía que me robó.

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